Ser de derechas es tolerar injusticias, considerar los imperativos del mercado
por encima de los derechos humanos, encarar la pobreza como tacha incurable,
creer que existen personas y pueblos intrinsecamente superiores a los demás.
Ser izquierdista --patología diagnosticada por Lenin como la enfermedad
infantil del comunismo- es quedar enfrentado al poder burgués hasta llegar a
formar parte del mismo. El izquierdista es un fundamentalista en su propia
causa. Encarna todos los esquemas religiosos propios de los fundamentalistas de
la fe. Se llena la boca con dogmas y venera a un lider. Si el lider
estornuda, él aplaude; si llora, él se entristece; si cambia de opinión, él
rápidamente analiza la coyuntura para tratar de demostrar que en la actual
correlación de fuerzas...¦ El izquierdista adora las categorías académicas de
la izquierda, pero se iguala al General Figueiredo en un punto: no soporta el
tufo del pueblo. Para él, el pueblo es ese sustantivo abstracto que sólo le
parece concreto a la hora de acumular votos. Entonces el izquierdista se acerca
a los pobres, no porque le preocupe su situación sino con el único propósito de
acarrear votos para si o/y para su camarilla. Pasadas las elecciones, adiós
que te vi y ¡hasta la contienda siguiente! Como el izquierdista no tiene
principios, sino intereses, nada hay más fácil que derechizarlo. Déle un buen
empleo. Pero que no sea trabajo, eso que obliga al común de los mortales a
ganar el pan con sangre, sudor y lágrimas. Tiene que ser uno de esos empleos
donde pagan buen salario y otorgan más derechos que deberes exigen. Sobre todo
si se trata del ámbito público. Aunque podría ser también en la iniciativa
privada. Lo importante es que el izquierdista sienta que le corresponde un
significativo aumento de su bolsa particular.
Así sucede cuando es elegido o nombrado para una función pública o asume un
cargo de jefe en una empresa particular. De inmediato baja la guardia. No hace
autocrítica. Sencillamente el olor del dinero, combinado con la función del
poder, produce la irresistible alquimia capaz de hacer torcer el brazo al más retórico
de los izquierdistas.
Buen salario, funciones de jefe, regalías, he ahí los ingredientes capaces de
embriagar a un izquierdista en su itinerario rumbo a la derecha vergonzante, la
que actúa como tal, pero sin asumirla. Después el izquierdista cambia de
amistades y de caprichos. Cambia el aguardiente por el vino importado, la
cerveza por el whisqui escocés, el apartamento por el condominio cerrado, las
rondas en el bar por las recepciones y las fiestas.
Si lo busca un compañero de los viejos tiempos, despista, no atiende, delega el
caso en la secretaria, y con disimulo se queja de que lo molesten. Ahora todos sus
pasos se mueven, con quirúrgica precisión, por la senda hacia el poder. Le
encanta alternar con gente importante: empresarios, riquillos, latifundistas.
Se hace querer con regalos y obsequios. Su mayor desgracia será volver a lo que
era, desprovisto de halagos y carantoñas, ciudadano común en lucha por la
sobrevivencia.
Adiós ideales, utopías, sueños! Viva el pragmatismo, la política de
resultados, la connivencia, las triquiñuelas realizadas con mano experta aunque
sobre la marcha sucedan percances. En este caso el izquierdista cuenta con la
rápida ayuda de sus pares: el silencio obsequioso, el hacer como que no sucedió
nada, hoy por ti, mañana por mí.
Me acordé de esta caracterización porque, hace unos días, encontré en una
reunión a un antiguo compañero de los movimientos populares, cómplice en la
lucha contra la dictadura. Me preguntó si yo todavía andaba con esa gente de
la periferia. Y pontificó: " fue estupidez que te hayas salido del
gobierno. Allí hubieras podido hacer más por ese pueblo".
Me dieron ganas de reír delante de dicho compañero que antes hubiera hecho al
Che Guevara sentirse un pequeño burgués, de tan grande como era su fervor
revolucionario. Me contuve para no ser indelicado con dicho ridículo
personaje, de cabellos engominados, traje fino, zapatos como para calzar
ángeles. Sólo le respondí: Me volví reaccionario, fiel a mis antiguos
principios. Prefiero correr el riesgo de equivocarme con los pobres que tener
la pretensión de acertar sin ellos.
Autor: Frei Betto. Es un fralile dominico brasileño, teólogo de la liberación. Más sobre él en este enlace.
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