A continuación podemos leer un gran artículo de Julio Anguita González. Hace un magistral análisis sobre el modelo actual de consumismo y donde nos llevaría manterlo, diseccionando, como él sabe hacer la realidad con su ágil verbo a la vez que sencillo.
Confieso que soy deudor, en primera instancia, de dos discursos de
Enrico Berlinguer, el pronunciado ante una convención de intelectuales
celebrada en Roma el 15 de Enero de 1977 y el que recogía las
conclusiones de la Asamblea de los obreros comunistas lombardos
celebrada en el Teatro Lírico de Milán el 30 de Enero de 1977.
Pero además soy deudor de las reflexiones que se derivan de los últimos
estudios acerca de los Derechos Humanos y los costes económicos,
ecológicos y sociales que su implantación, desde la óptica consumista,
producirían. Así Gran Bretaña necesita para mantener su modo de vida
tres planetas como la Tierra, EEUU cinco.
Paradójicamente es Cuba la que conjuga mejor que nadie sostenibilidad y
desarrollo. Es obvio que, con todas las matizaciones que se puedan
hacer, la aplicación de la solemne Declaración de Derechos Humanos de
la ONU de Diciembre de 1948 a todos los habitantes del planeta Tierra
generaría un cataclismo ecológico si se pretendiera que el ideal de
aplicación de la misma fuese la media de Norteamérica o de Gran Bretaña.
La Austeridad es un principio y también una virtud que parte de un
principio que debiera ser asumido por los que nos reclamamos del
comunismo: La satisfacción de las necesidades humanas en todos los
ámbitos mediante la adecuada práctica económica que consuma, reponga y
equilibre la relación entre Ser Humano y Naturaleza. No se trata de una
propuesta de vida que induzca a entrar en el mundo de los cartujos o de
los trapenses sino muy al contrario una propuesta de sociedad en la que
la creatividad, la participación y el uso inteligente de los recursos
tenga su origen en la voluntad general y no en las campañas de
publicidad tendentes a crear necesidades artificiales o a consumir sin
tasa. Austeridad es en este sentido, racionalidad.
El ejercicio de la Austeridad tiene infinidad de aplicaciones más allá
de la consideración expuesta con anterioridad. Piensen los lectores si
en cada una de las tres administraciones que componen el Estado
Central, Autonómica y Local (ayuntamientos y diputaciones) sometiéramos
a revisión los gastos innecesarios en protocolos, subvenciones
indiscriminadas, fastos, reduplicación de plantillas con funcionarios
de confianza, encargos hechos a empresas y consultings privados dejando
ociosos los recursos humanos de las plantillas funcionariales, etc.
Hace años leí que una ligera reconsideración de estos gastos permitiría
un ahorro de dos billones de pesetas.
Una política fiscal consecuente con el artículo 31 de la Constitución
tendría que, mediante la progresividad, sustituir estas reformas
fiscales que benefician a los poderosos y acabar con ese universo de
deducciones, exenciones y bonificaciones para con las empresas a fin de
que estén contentas y no se vayan. Puede afirmarse que hay en acto,
pero fundamentalmente en potencia, recursos ingentes para ser dirigidos
a políticas en infraestructuras sanitarias, educativas, de transporte y
culturales propias de sociedades avanzadas.
Una de los múltiples aspectos que el ejercicio de la Austeridad
conlleva es no sólo hacer las cosas sino hacerlas de otra manera.
Piénsese la cantidad de actividades culturales y educativas que pueden
hacerse con los costos de espectáculos grandiosos que son flor de un
día.
Una participación ciudadana en torno a fonotecas, escuelas de música,
talleres de pintura, creación de fiestas y espacios de encuentro que
consigan elevar y ensanchar la base educativa y cultural de la sociedad
es también practicar la Austeridad.
Sin Austeridad es imposible el desarrollo de las políticas
medioambientales; vivir de otra manera, combatiendo con el ejemplo y la
práctica la sociedad de consumo desaforado, inútil y alienante es hacer
realidad la reivindicación de que otro mundo es posible. Desde la
izquierda no podemos defender un mundo en el que la tarta esté
continuamente creciendo para que entonces puedan otorgarse a los de
abajo algunas migajas.
La vieja y felona consigna de que primero hay crecer para después
repartir es inducir a las masas a sumarse a la locura que esquilma y
deseca acuíferos, consume energías no renovables y lleva a la sociedad
ante la locura del becerro de oro. Para repartir no hace falta crecer;
primero se reparte y a continuación medimos la calidad de vida mediante
el Índice de Desarrollo Humano y no a través de ese engañoso y
embaucador índice llamado PIB.
La Austeridad sitúa la riqueza y el valor en la utilidad de las cosas y
no en el precio; en los bienes robustos y necesarios y no en su valor
de cambio. El ejemplo de la bolsa es escandaloso.
Que el signo de los bienes, el dinero, se transforme en el bien por antonomasia es un disparate.
La Austeridad significa una posición de rigor en la palabra, en la
política, en la enseñanza, en el compromiso colectivo y personal con el
DEBER ciudadano y en las relaciones humanas. Y desde luego es la única
arma que derribando al capitalismo muestra en la cotidianeidad la
posibilidad de la construcción de la Alternativa.