A continuación publicamos un artículo que aparecía en el número 59 del Periódico Diagonal. El ejercicio de recuperación de la memoria histórica no se hace, desde Izquierda Unida no lo pretendemos, desde el rencor, sino, desde el reconocimiento de los que por tantos años han sido "oficialmente los malos" y su mayor crimen fue luchar porque no fuese derrocado un gobierno legítimo elegido por el pueblo como lo fue el de la II República.
Si hace dos días el 11 de septiembre homenajeábamos a Salvador Allende. Si recordamos que en Chile se impuso la barbarie a la democracia, porqué no vamos a recordar lo que pasó en el Estado Español, para ello traemos esta artículo a estas páginas.
Ilustración: Manolito Rastamán.
Miguel Ángel de Lucas / Redacción Diagonal
La legislatura del PSOE encara su recta final con la rehabilitación de las víctimas del Franquismo como tema pendiente. Pero en estos años las organizaciones de la memoria han logrado romper el silencio de la Transición.
Una coincidencia: el mismo mes que el líder del PP, Mariano Rajoy, critica en el debate sobre el Estado de la Nación la Ley de Memoria Histórica por “remover el pasado”, en Valencia, el Arzobispado pone en marcha los planes para construir una iglesia dedicada a los “mártires del odio a la fe católica” (es decir, a los sacerdotes que apoyaron el golpe militar). La idea, una versión actualizada del Valle de los Caídos, no se ha encontrado con ninguna crítica de los dirigentes del Partido Popular, que tienen en Valencia uno de sus mayores feudos electorales.
No obstante, la práctica de acusar al bando contrario de lo que uno hace no es nueva. De hecho, si se trata de recordar el pasado, seguramente uno de los aspectos más paradójicos de la represión franquista fue ver cómo los sublevados contra la República condenaban a sus víctimas bajo la acusación de “apoyo a la rebelión militar”.
La memoria histórica hace ver esta clase de paralelismos inquietantes. En la misma línea lleva a recordar, por ejemplo, cómo en sus entrevistas con corresponsales extranjeros, el general Franco justificaba el golpe militar por la urgencia de frenar el desmembramiento de España. O cómo las familias que más se lucraron gracias a la dictadura (March, Koplowitz, Fenosa, Melià) siguen hoy en la cúspide del poder económico. Estructuras del Franquismo Como es sabido, el 1 de abril de 1939, cautivo y desarmado el Ejército rojo, no llegó la paz; sino la Victoria, que se extendería durante las cuatro décadas siguientes. Aunque, viendo la perpetuación de las mismas estructuras en el cuerpo económico, judicial y militar, desde los colectivos especializados en la recuperación de la memoria se considera demasiado optimista pensar que el Franquismo terminase durante la Transición.
Las organizaciones que trabajan en esta lucha insisten: hace falta recordar. No, como dice el tópico, para impedir “que la historia se repita”, sino para evitar que sus efectos sigan repitiéndose hoy en día. La herencia de tres años de Guerra Civil y 40 de dictadura difícilmente se ha borrado bajo muletillas como “no mirar al pasado” o “el consenso de la Transición”. El pasado sigue presente hoy, cuando se estima (cálculos a la baja) que más de 30.000 represaliados siguen enterrados en fosas comunes; cuando los símbolos franquistas siguen presentes en cientos de calles; o cuando (para la tramitación de la actual Ley de Memoria) la excusa de no soliviantar a la derecha social lleva al Ejecutivo socialista a no anular las sentencias franquistas ni a asumir la responsabilidad del Estado en la investigación de lo sucedido.
Es recomendable recordar para ver, también, cuál fue la naturaleza real de un régimen al que la propaganda primero y la prensa más tarde se han encargado de dulcificar. En esa línea DIAGONAL recupera cuatro relatos que ilustran la cara menos amable de una época que tuvo bastante poco de amable, al tiempo que supone un homenaje a los sueños aplastados de una generación. El recuerdo de estas historias, desde los presos del Monte Ezkaba a los brigadistas internacionales, se enmarca en la corriente de una recuperación de la memoria que en los últimos años se ha convertido en un movimiento surgido desde abajo (familiares, investigadores, militantes) y que ha comenzado a abrir importantes grietas en la losa de silencio de la Transición. Se trata, en todo caso, de una versión a escala, una pequeña muestra de la barbarie. El pasado 18 de julio se cumplía el 71º aniversario del levantamiento militar. Hace falta recordar sus consecuencias concretas. Porque si no, de dejarse llevar por el borrón y cuenta nueva de la Transición, los desfiles grotescos de soldados de la División Azul junto a represaliados que participaron en la liberación de París, la oleada de revisionismo que inundó las librerías o los equilibrios de Zapatero por contentar a todos sin contentar a nadie, se podría acabar pensando que, tal vez, aquí nunca hubo ni vencedores ni vencidos.